Se alza como una inmensa cicatriz de hormigón blanco frente al mar azul del Parque Natural del Cabo de Gata, un fantasma de 21 plantas que lleva dos décadas vigilando las olas sin haber alojado jamás a un solo turista.

Han pasado 20 años desde que la Justicia ordenó la paralización fulminante de las obras de construcción del hotel del Algarrobico, en la costa de Carboneras (Almería), cuando el coloso estaba edificado al 95 por ciento.

En la actualidad, este esqueleto gigante no solo es el símbolo supremo de los excesos del boom inmobiliario en España y del descontrol urbanístico en las costas, sino también el monumento a una victoria a medias del ecologismo: la de haber logrado frenar la destrucción que suponía en un entorno natural, pero sin conseguir aún que la playa recupere su estado original.

 

Enlace artículo La Tribuna

 

 

 

 

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